SIMPATÍA POR EL DIABLO
Reflejo condicionado
Yo, que siempre espero sacar algo bueno de todas las experiencias, me considero, para mofa de mí, un optimista. Desde ésta perspectiva, el optimismo es el camino a la tragedia, porque un optimista siempre espera salir de la espiral de agua una vez accionada la cadena.
En el lado opuesto, no hay tragedia para un pesimista, porque todo es tragedia, pero tragedia desde la barrera. Habita en el barquito seco que navega el cenagal de mierda en el que chapoteamos los optimistas. Así, si ambos, pesimista y optimista, encontramos, digamos, un accidente, el pesimista se echará las manos a la cabeza lamentando la fatalidad y la muerte horrenda, mientras que el optimista se acercará al amasijo de hierros con la idea de salvar a quien aún siga vivo. Objetivamente, el pesimista tendrá razón al no hacer nada, consumando con esto la tragedia, mientras que el optimista podrá o no podrá tener razón en su esfuerzo.
Bordea los condicionales y la incertidumbre querer actuar en el mundo. La pasividad es el “ya te lo dije” lapidario. Por suerte, vivimos en un mundo con una cantidad de optimistas suficiente, es más, la sociedad es en general optimista, siempre quiere cambiar el mundo.
Supongo que un blog es una forma tranquila y burguesa de optimismo. Por esas mismas razones, supongo, hay un cerco sombrío de tragedia que me acecha muy particularmente.
Manifiesto Descabellado
Escribir es un martirio. Escribo en tramos cortos y difíciles. Me aterraría intentar una novela. Una novela es una quimera literaria interrumpida constantemente por párrafos vergonzantes. Una novela es un acto de voluntad y no un acto de expresión. Pienso en novela y no me veo de otra manera más que reescribiendo una y otra vez -en un círculo de deudas y descubrimientos-, cada uno de los pequeños fragmentos de los que la dotara. Un círculo de abundamiento y terca ficción que acabaría cosiéndome a la letra y destejiéndome de la carne.
A la literatura se llega por descarte, justo antes de desesperar y después de purgar cúmulos improbables y descabellados. Vacíos y seductores, se presentan con la máscara de lo factible e inmediato.
Creo en la mínima estadística cuantificable y halagüeña que indica que hay una frase entre un millón, y debo susurrar para mí, con los ojos cerrados apuntando al techo, el catálogo de posibilidades sintácticas y semánticas. Porque, con paciencia, todo llega.
Hacer literatura es difícil porque debe sugerir y permanecer coherente al mismo tiempo. También porque caemos hacia la opinión, intuitiva y certera, de que sólo lo difícil y exacto merece ser considerado. Los adjetivos azarosos y venidos por gracia de las asociaciones arbitrarias, confunden. Deben poseerse y, una vez poseídos, deben enraizar en las frases hasta anudar el resto de partes inertes del relato.
Quien se haya detenido aquí a reflexionar lo escrito, intuirá que rehúyo los sintagmas y los tópicos de referencia, porque antes que la elocuencia pretendo la fragancia de la idea contada con nuevas palabras. Quien se haya detenido aquí, insisto, a reflexionar lo escrito, intuirá que escaparé de quien lea con descuido.
Sé que intento un concepto arriesgado. Me lanzo consciente de equivocarme. Prefiero hacerlo así, un error no es más que el encontronazo intelectual con aquello que evitaremos de ahí en adelante.




sábado, enero 08, 2011
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