“¡DIOS MÍO, ESTÁ LLENO DE ESTRELLAS!”


 Ese instante totalizante de actualidad marchitaba con una irritante frecuencia, se vulgarizaba y extendía. No hay un enemigo más odioso para lo sublime que lo vulgar. La única forma de contener el instante de absoluto que la nueva visión del mundo nos había acercado, era el asedio teórico, el avance implacable y la superación de lo anterior, el paso al frente del arte negándose a ser tradición. Esto lo explica maravillosamente bien Octavio Paz. Él habla de ruptura, y es lo poco en lo que no estoy de acuerdo con él.

La renovación teórica es la válvula de seguridad para la modernidad, porque la modernidad es actualidad y ésta sólo se consigue con una renovación. Es fácil llegar a esto: la renovación vale por la innovación que aporta, la tradición es repetición de la renovación, es la normalización de lo extraordinario.

Por lo tanto, la modernidad es renovación, que es actualidad perpetuada a saltos teóricos e impactos plásticos. Esto parece adolecer de la debilidad teórica del agotamiento expresivo, pero lo inacotable en esencia tiene la cualidad de no ser arrinconable, ni agotable, ni definible, ni, en fin, concretable.

Por esto me refería al lazo de moebius movido por el tiempo que se auto regenera. La idea entronca con la referencia atemporal a una renovación que subyace en todo, llamémoslo ciclo sagrado, porque viene impuesto, en una fingida teología del arte como escuela de la humanidad, del genio o ente supremo que dimana lo sublime, estado que lo aglutina todo, gozo y sabiduría, docere y delectare.

Ésta renovación busca constantemente formas y técnicas de expresión que sean en esencia capaces de sorprender para superar las reservas en las expectativas que asentaron las anteriores. Plegar los opuestos, en progresión, hasta un punto emocional de percepción de lo absoluto, como el aleph borgiano, que trasciende por saturación.

No es extraño, pues, que a imitación de ésta experiencia, se conciba el arte. De aquí surge la idea de obra de arte total, una expresión masiva y multisensorial que alcanza una, perdón por la anacronía, sinergía equiparable a la mística o la sublimación.

Partiendo del teatro en prosa, los románticos vuelven al verso, la escenografía, los efectos, los sonidos, las luces, la música, luego la ópera, la magnitud y el ruido, lo terrible… y por último, con la llegada de la industrialización, la fotografía y el cine.

La fotografía, capta el instante de comunión de la vulgaridad con la exquisitez, el fugaz latido en que ambas esferas mezclan sus fluidos y se conectan. La fotografía capta lo que está especializado en captar, aproximaciones a la ruptura con los esquemas formales y el pliegue absoluto y unívoco que lo sublima: la boca del pozo.

El cine, por el contrario se plantea desde la normalidad y tiende lazadas sobre el espectador paciente, hasta que la pantalla se abre como el abismo y nos lanza hacia su abisalidad sin referencias al fondo de la cual vagan monstruos fascinantes.

SIMPATÍA POR EL DIABLO

El concepto ruptura, usado en el mismo sentido con que se usa al hablar de un golpe de estado - tal como creo haber comprendido que lo utiliza Octavio Paz[1] -, no se ajusta a mi comprensión de los hechos. La división en momentos culturales o movimientos artísticos es, por ingenua y reducida, falsa. Toda evolución se produce por adición. Los movimientos culturales acumulan en sí todo el aparato ideológico de la tradición anterior a la par que sus propios conceptos “en construcción” que desplazarán a los viejos en cuanto estén formados. El cambio es una cuestión de percepción. Es la única manera en que le encuentro sentido a un pequeño detalle de la historia de la cultura que muy bien se podría obviar.

El concepto central alrededor del que se crea un “nuevo” movimiento cultural se da en el movimiento anterior. En el momento filosófico en que los conceptos asentados, son dominantes y están extendidos - en el momento en que han madurado - se ponen al servicio de la renovación.

La dialéctica de Hegel es imposible que explique la historia como una mole de hormigón siendo aplastada por otra que le cae desde el futuro, demasiado obtuso. Es más bien una regeneración desde dentro, constante y progresiva que va interesando en cada actualización teórica sectores más nucleares de ese mismo constructo, hasta que surge la adición que cambia el conjunto. Es lo que en epistemología se llama el cambio de paradigma: el momento en que algo deja de ser ese algo para convertirse en otro algo.

Como explica Thomas Kuhn, cada reconsideración de la teoría accesoria o complementaria adapta una extensión de la teoría más nuclear hasta que el propio núcleo ideológico es inapropiado o francamente insuficiente para explicar o justificar consideraciones ya aceptadas.

Éste progreso paulatino es mucho más razonable para mí. La dialéctica es, entonces, un único movimiento de desarrollo interior. La dialéctica es evolución teórica. Los movimientos universales no cambian, se actualizan generalizando expresiones particulares.

Cuando surgió la idea de modernidad ésta gastó su vida en huir de su propia y progresiva antigüedad. Más que un momento cultural era una fuga hacia delante.

Al plantar Kant su pabellón en la modernidad, lo hizo afirmando que el mundo no era inexplicable, sólo estaba mal percibido porque lo mirábamos sin un criterio purgado. Estaba siendo axiomático más que convincente. Estaba planteando la posibilidad de que la duda en sí fuese un error.

De lo que se desprendía, con naturalidad, que el mundo quedaba por hacer. Éste replanteamiento de la base cambió el paradigma, porque llevó la duda hasta la propia duda, cuando lo único incuestionable hasta entonces había sido, precisamente, la duda en sí.

Lo aceptado ahora era dudar de la duda. Ser inquisitivamente crítico con lo percibido hasta concluir que podíamos aprehender algo incomprensible para la razón. Separar lo que se queda dentro de nuestra comprensión y lo que está fuera de ella. Resumiendo, planteó la necesidad de asediar lo que escapa de nuestra capacidad de concretar con nombres, pero que significa poderosamente. Una nada/todo semánticamente inasediable en lo sustantivo. La mitad dominante de un sintagma al que se le podía adjudicar cualesquiera adjetivos. Lo sublime era, pues, una categoría pasional, artística y una experiencia límite más allá de los sentidos. Era el grial reinterpretado.

Era más aún, era un lazo de moebius en el que el tiempo es lo que genera una cinética de cambio.

Lo sublime carece de sustancia. Trasciende el entendimiento y colapsa los sentidos porque es inabarcable en su conjunto. Es ajeno y absoluto, pliega los opuestos y los extremos porque subyace a todos ellos. Como se deduce, también es amoral, la experiencia es idéntica en un extremo como en otro. Es el horror fascinado de la humanidad desbaratada y superada.

Para los estudiantes de teología protestante de la universidad de Tubinga era la demostración de la presencia, nada más que intuible, de un ser supremo, sin más. Como he dicho, lo sublime era el nuevo grial, Kant era Arturo y los filósofos, psicólogos, sociólogos y artistas posteriores, los caballeros de la mesa redonda.

Era un ser supremo. No podía ser el dios de la Biblia porque aquel sólo podía inspirar en nuestra alma lo bello. Éste ente superior -  se le llamó Espíritu Universal - también se aparecía en lo horrible y lo siniestro. La experiencia era artísticamente idéntica, pero, cosa inédita, extraída de la degradación, la malformación, la vesania y el dolor.

Tanto la contención ascética como el exceso depravado acababan en el mismo fogonazo fulminante de contacto preternatural. La aversión por el pozo amoral sólo era una ingenuidad medieval ya superada. El camino del diablo llevaba al mismo sitio con más facilidad y frecuencia.


[1] Paz, Octavio Los hijos del limo. 2 008, Santiago de Chile. Tajamar Editores.

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